La Blogo

2020/04/14

2018/01/25

2017/10/10

¿Dónde están ahora las banderas republicanas?

Filed under: en castellano — Etiquetas: , , — Tonyo @ 10:47

A pesar de los muchos amigos, sobre todo esperantistas de fuera de España, que me preguntan mi opinión, me he resistido hasta ahora como un jabato a escribir sobre el “tema catalán”, porque sé que, a pesar de lo que escribí cuando pasé a ser presidente de la Federación Española de Esperanto, que una cosa sería mi papel institucional y otra mis opiniones personales, va a haber mucha gente a la que costará hacer esa distinción.

Por tanto, sobre el fondo del tema no quiero entrar mucho, aunque supongo que a nadie le extrañaría mi posición, dado que por aquí he escrito varias veces que soy esperantista porque no creo en las fronteras y aspiro a borrarlas, no a crear otras nuevas; y que no creo en los etnonacionalismos ni en el llamado derecho de secesión/autodeterminación, ni siquiera en los casos en que parece que todo el mundo opina que la separación es lo mejor (como en Sudán del Sur, en el que por desgracia el tiempo me ha dado la razón)

Pero estaba dándole vueltas a comentar un tema que parece que a muchos les ha pasado inadvertido: ¿adónde han ido a parar las banderas republicanas españolas?

Me ha terminado de decidir la aparición hoy mismo de un artículo de un escritor con el que suelo estar de acuerdo a menudo, Isaac Rosa, asombrándose de la súbita aparición de banderas españolas en los balcones y la manifestación pública de un nacionalismo español agresivo.

Lo llamativo es que hace unos meses el mismo Isaac Rosa afirmaba que el proceso independentista catalán era lo mejor que podría pasarle a España, porque podría “agrietar más el ya de por sí tambaleante edificio institucional español” y nos invitaba a “ver Cataluña como la más verosímil, sino [sic] la única, opción de cambio en España a corto plazo”. Utilizaba un argumento de Antonio Baños en su libro “La rebelión catalana”, y ello me animó a leer el libro original. Debo confesar que me dejó de piedra: no sólo es el libro más hipócrita y demagógico que he leído en mucho tiempo, sino que mostraba una ceguera inaudita y un desconocimiento de la historia que me resulta increíble, y que, por lo que he visto estos días, es común a muchos de mis amigos, catalanes o izquierdistas de otros lugares.

El argumento de Isaac Rosa en ese texto me pareció ya entonces extraño porque en un artículo anterior (“Cataluña, no nos dejes solos”) había  mostrado una idea con la que yo estaba de acuerdo: “amigos catalanes, no os vayáis, no nos dejéis solos, quedaos con nosotros y cambiemos juntos esta España, construyamos otra donde ni vosotros ni los demás nos sintamos incómodos, una España que tenga futuro y en la que no tengamos más motivos para temer o avergonzarnos de los que tienen los habitantes de otros países”, de la que quizás por entonces había desesperado.

Jamás, jamás de los jamases, el enfrentamiento nacional en un país europeo, y mucho menos en España, ha favorecido a las fuerzas de izquierda. Al contrario, la derecha española ha aprovechado siempre el “problema catalán” (permítaseme la expresión, que no me gusta) para machacar a los movimientos progresistas. Lo hizo en 1909, en 1917, en 1934, en 1936 y en muchos otros momentos de la historia contemporánea. ¿Por qué ahora iba a ser diferente?

Los nacionalismos se apoyan unos a otros, se legitimizan entre sí. Claro que nunca se han visto más banderas rojigualdas que ahora, ni siquiera durante los acontecimientos deportivos. Pero es que incluso a los independentistas les ha encantado verla en las manifestaciones o durante la jornada del referéndum.

A mí no me gustan las banderas territoriales. banderasNo digo que me den igual, porque está claro que las banderas son símbolos muy poderosos, y a mí mismo no me importa usar otro tipo de estandartes. Las banderas son marcadores de ideas, y yo he mostrado a menudo la republicana española no como un símbolo de un territorio concreto, sino como un ideal organizativo, y a veces en combinación con otras dos con las que me identifico más.

Pero la bandera republicana ha sido una de las víctimas de los acontecimientos de estos días. Ha desaparecido del mapa. Incluso los que exploran otras vías piden que no se usen ninguna, ni siquiera ésta.

Por una vez soy mejor adivino que Isaac Rosa. Hace tres años vaticiné que “este proceso lo único que va a servir es para incrementar el nacionalismo español, en su versión castellano-madrileña, y para reforzar a las mismas élites corruptas en ambos lados de la batalla”.

No me atrevo a predecir los detalles de la salida de esta crisis (y menos en un día como hoy), pero sí tengo claro un resultado: la izquierda española y la izquierda catalana van a salir destrozadas. Y nos lo habremos merecido, por entrar en su juego: en cuestiones de nacionalismos, la derecha siempre juega en su terreno.

2016/03/12

2015/08/30

La respuesta puede ser Borges

Filed under: en castellano — Etiquetas: , , , — Tonyo @ 18:26

Este verano he tenido una experiencia borgiana. Una de esas conexiones entre dos mundos diferentes, sobre los que uno comienza gradualmente a sospechar que no se encuentran aparte, que uno de ellos ilumina al otro, lo define o lo complementa. Y además el protagonista de ambos es, ni más ni menos, que el mismo Borges.

Es una lástima que yo carezca de su talento literario. Ni de lejos. Pero no me puedo resistir a contarlo y volver así al blog, aunque sea de esa manera vargasllosesca que alguna vez critiqué aquí. Daré un par de vueltas, y como siempre el texto me quedará demasiado largo para un blog y demasiado corto para un ensayo, pero espero que los borgianos aprecien el paralelismo, me lo perdonen y me sigan casi hasta el final.

Por cierto, el otro protagonista de la historia es el doctor Oliver Sacks, que acaba de fallecer. Ello me ha incitado a publicar ya mismo lo que había comenzado a redactar estos días y preveía refinar un poco más. Sirva al menos mi texto como un homenaje, aunque, como se verá, no tan entregado como los que supongo que vamos a leer durante los próximos días.

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero

Creo que ya he comentado aquí alguna otra vez mi mala costumbre de leer varios libros a la vez. Cuatro o cinco, como mínimo, a veces unos cuantos más. Normalmente sobre distintos temas y en lenguas diferentes, así que no corro el riesgo de que se me mezclen los argumentos, como le ocurría al escribidor del citado Vargas Llosa. Pero sí que me ocurre a menudo que una lectura influye sobre otra, interacciona y sugiere, abriendo perspectivas que cada uno de ellos no habría sugerido de forma separada. Lo recomiendo, aunque reconozco que mis intereses librescos son poco habituales, y no estoy seguro de que funcione para todo el mundo.

Me acaba de ocurrir uno de los casos más claros en que un libro ilumina y sugiere lo que otro estaba preguntando. Y como necesito ayuda para confirmar mi intuición, lo pregunto aquí, por si alguno de los lectores me puede echar una mano.

Este verano me animé a leer por fin “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”, de Oliver Sacks. Supongo que muchos de vosotros conocéis la obra, porque ya ha cumplido dos o tres décadas. Se trata de la descripción una serie de casos clínicos de personas con anomalías neurológicas, algunas muy espectaculares, tratadas por el autor, y que le hicieron muy famoso. El hombre que confundió a su mujer con un sombreroEl doctor Sacks había anunciado recientemente que sufría de un cáncer incurable, con un artículo muy emotivo, y ello ha aumentado aún más su ya gran fama y su apreciación pública. Cómo él mismo prevío, el cáncer acaba de terminar con su vida.

Cualquier motivo es bueno para leer un libro que uno tenía en su lista (y su tableta) desde hace tiempo, así que por fin me animé. Supongo que alguno más lo hará estos días, y de hecho lo recomiendo.

Debo confesar, sin embargo, que al poco de leer varios de los capítulos me invadió un cierto desconcierto, y no debido a las historias en sí mismas (aunque algunas sean, en efecto, desasosegantes). Empecé a preguntarme si las historias son reales y pertinentes, si no estaban embellecidas. Si además son significativas. En suma, si en vez de un libro de divulgación científica estaba leyendo una pieza literaria.

Oliver Sacks deja claro, desde el comienzo, su punto de vista de que la literatura médica ha(bía) olvidado a los seres humanos concretos y se estaba centrando en estructuras y leyes generales. Él procura recuperar la historia clínica individual, al paciente como persona. Me parece por tanto lícito que él elija otro camino y me parece honesto el que nos lo diga desde el principio. Ello presenta la ventaja de presentar a los enfermos en su individualidad, aunque a mí me molesta en ciertos casos la evidente pérdida de intimidad que ello supone.

Pero el principal de los inconvenientes que veo al libro es que el rigor científico inevitablemente se resiente. En alguno de los casos, sobre todo al comienzo, los síndromes que se consideran son raros, pero no excepcionales. Uno puede sacar conclusiones generales, por la similitud de síntomas en diferentes personas, por la coherencia en las acciones. Las personas son individuos, pero no atracciones de feria.

Poco a poco, uno empieza a sospechar que algunos de los rasgos descritos, o de sus interpretaciones, si no han surgido de la imaginación del doctor Sacks están, al menos en parte, ficcionalizados. ¿Estoy leyendo una descripción fiel de un síndrome, o una elaboración del autor, más o menos consciente? No tengo ninguna base científica en psicología o neurología, así que no puedo contestar. Sólo mi fuerte espíritu escéptico empezaba a asomar ya a medio libro, y me estaba planteando el preguntar en algún foro, para ver qué opinaba gente que sabe más que yo. Y en eso llegó el segundo libro a echar una mano.

La sekreta miraklo

En eso llegó Borges.

En este caso la chiripa fue doble. Últimamente leo muy poca ficción, casi nada en castellano. Y aunque leo bastante más en esperanto, tanto original como traducciones, prácticamente nunca se trata de literatura española vertida a esta lengua. Evidentemente no tiene mucho sentido para un hispanohablante, salvo que uno tenga un interés filológico, en el análisis o la crítica literaria, o para aprender. Pero en este caso hice una excepción: también tenía desde hace tiempo un ejemplar de una recopilación de relatos de Jorge Luis Borges, traducida al esperanto por un grupo de algunos de los mejores escritores actuales en este idioma, algunos de ellos incluso amigos.

La verdad es que el libro, “La sekreta miraklo”, es excelente. La selección es irreprochable, las traducciones son fluidas; las notas, justas y pertinentes; la apariencia, profesional. La sekreta mirakloAunque Borges es siempre Borges (se nota que trata de mi literato favorito, ¿verdad?), y su lenguaje es tan personal, en este caso estoy seguro que él mismo hubiera apreciado que personas con tanto talento hayan encontrado la forma de transmitir su prosa a una lengua tan especial, que aunque sólo menciona una vez, de pasada, en una de sus obras, que yo sepa, no está tan lejos de sus temas de interés (al fin y al cabo, una lengua creada es el tema de su ensayo “El idioma analítico de John Wilkins”, una referencia literaria ineludible sobre el tema).

Creo que Borges habría apreciado también cómo su prosa influyó sobre la interpretación de un libro que trata un tema tan distinto. Como decía, es un argumento muy borgiano, y sólo puedo lamentar el carecer de su talento, sólo puedo dar vueltas alrededor del argumento, esperando que los (eventuales) lectores aprecien esta ligera aproximación.

El caso es que tras leer varias de las historias de la antología, y volver a retomar “El hombre…”, empecé a notar las similitudes. Algunas de las historias clínicas, ¿no parecían un poco borgianas? ¿No podría ocurrir como el “Tema del traidor y del héroe”, que el texto había sido puesto en boca del autor, quizás de forma inconsciente? ¿No sería el doctor Sacks él mismo algo borgiano?

Vuelvo a Borges, leo “El jardín de senderos que se bifurcan” y luego “Funes el memorioso”, y ya la sensación empieza a ser opresiva. Regreso a “El hombre…” y ahora aparece Borges ya de pleno, primero mencionado en el caso de “Los gemelos” y luego en “El artista autista”. Sacks no lo oculta, explora la relación entre descripción clínica y ficción literaria, y aunque él plantea una influencia inversa, ya no sé si también en la recreación de Sacks no se ha colado una perspectiva literaria.

Y esa sensación insidiosa que comentaba, que las descripciones de Sacks estaban en parte borgianamente ficcionalizadas, ya no me pudo abandonar hasta el final. Pero, eso sí, cambió la perspectiva: lo que en principio llegué a sospechar que era una falta de rigor, y hasta de honestidad, se convirtió en otra cosa: en un artificio literario, donde, al menos en parte, se deja volar a la imaginación o a la fantasía, si no en las descripciones, al menos en las interpretaciones.

Como decía al inicio, no sé hasta qué punto mi interpretación es correcta. Al fin y al cabo, no deja de ser una evocación, en sí misma muy propia de Borges: cada vez que uno lee un libro, éste cambia. Así que necesito el criterio de quien pueda valorar los casos que describe Sacks. ¿Son rigurosos? ¿o son borgianos? ¿Algún neurólogo en la sala? ¿O, en su defecto, un crítico?

NOTA ADICIONAL: Tras la redacción de este artículo, he leído dos necrologías que completan en parte las preguntas que me hacía y casi las responden. La publicada en el New York Times hace referencia a que sus casos clínicos “se leen como cuentos de Borges o Calvino”. La despedida en The Guardian menciona que algunos de sus detractores le acusaron de escribir “cuentos de hadas” (fairytales) y que podía haber adornado el caso cuando convenía a su propósito (he may have used a measure of embellishment when it suited his purpose). Bueno, me alegra saber que no andaba tan desencaminado.

2014/09/28

Confesémoslo: el Estado de las Autonomías ha fracasado

Filed under: en castellano — Etiquetas: , , , — Tonyo @ 22:53

Estas últimas semanas varios miles de chavales de 18 años han tenido su primera experiencia directa con la maquinaria burocrática del Estado. Y miles de ellos han podido comprobar que la autonomía, la de las Autonomías y la de las Universidades, sólo ha conseguido hacerles la vida más difícil. Perder tiempo, dinero y nervios. Sin ventajas, sin justificación, lo que podría haberse solucionado en 5 minutos, sin coste, se ha convertido en un proceso desesperante, absurdo, ineficiente.

Me estoy refiriendo, claro está, al proceso de matriculación en las universidades. Para quien no lo conozca, el procedimiento que han tenido que seguir los nuevos estudiantes, para las carreras con límites de plazas, es el siguiente: una vez definida la nota final del bachillerato y el examen de selectividad (o como se llame ahora), te preinscribes en todas las universidades posibles y quizás en varias carreras, y esperas a la nota de corte. Si te llega la nota en una universidad, aunque no sea tu primera elección, empiezas el proceso de matrícula, pero manteniendo tu atención a lo que ocurre en el resto de universidades. Como todo el mundo ha hecho lo mismo, los que han conseguido ya una plaza van renunciando a las segundas y sucesivas opciones, así que se van abriendo nuevas oportunidades para los siguientes. En estas fases sucesivas se van creando nuevas posibilidades de conseguir plaza en una universidad o carrera, así que puedes renunciar a tu elección previa, aunque ya te hubieras matriculado (es decir, hubieras completado toda la labor burocrática, realizado el traslado de expediente e incluso pagado), y puedes comenzar el proceso de nuevo. Como cada universidad ha establecido un procedimiento diferente, con distintas exigencias burocráticas, con plazos diferentes, todo se puede complicar hasta el infinito.

No hace falta ser un lince ni un arbitrista para ver cómo todo el proceso se podría solucionar en cinco minutos: con una aplicación que pidiese a los alumnos ordenar sus preferencias por carrera y universidad, y fuera asignándolas en función de las calificaciones obtenidas, con las correcciones que se estimasen necesarias. Incluso yo mismo, que no tengo conocimientos informáticos especializados, sabría programarlo para que en una mañana todo el mundo supiera dónde iba a estudiar. Con el sistema actual, a día de hoy, dos meses después de que empezara el proceso, y tres semanas después de que hayan comenzado las clases en algunas universidades, cientos de estudiantes (entre ellos mi hija) no saben dónde va a terminar estudiando. A finales de septiembre sigue habiendo renuncias y matriculaciones, pagos y devoluciones, viajes y papeleos. Una pesadilla, un caos.

Me he extendido en este caso porque me ha tocado (me sigue tocando) de cerca, por pura frustración, pero los ejemplos son infinitos. En mi propio trabajo me encuentro situaciones similares de forma continua. La normativa de gestión de residuos, por poner un ejemplo, se diseña a nivel europeo, se aprueba por el Estado central, se aplica a nivel autonómico o local. En teoría todo tiene lógica: la protección del medio ambiente debería ser global, la gestión ha de hacerse donde se crea el problema. En la práctica, para una compañía que genere o gestione residuos en todo el territorio español, los requisitos documentales (permisos, trámites, justificantes) se complican infinitamente. Como me reconoció un día un alto representante de una Comunidad Autónoma, es más fácil transportar un residuo desde Galicia a Brasil que a Murcia.

Ejemplos como estos se podrían multiplicar hasta el infinito, y supongo que cada lector de estas líneas puede aportar el suyo: tratamientos médicos, convalidaciones educativas, trámites para cualquier permiso.

Uno podría suponer que la división en Comunidades Autónomas iba a acercar los procesos de gestión y decisión a los ciudadanos, pero no es eso lo que ha ocurrido. También podría pensarse que íbamos a adaptar las normativas a las características de cada territorio, pero ninguno de los ejemplos que he detallado tienen nada que ver con esto. Es sólo el capricho o la buena intención de cada Consejero o Jefe de Negociado los que han creado normativas diferentes, interpretaciones propias. Todo el mundo es consciente de que el sistema no funciona, que son necesarios procesos de coordinación o clarificación, pero cada uno es celoso de su competencia, temeroso de las intenciones de los otros niveles de decisión, y la conclusión es que cada organismo oficial compite por hacerle la vida más complicada al ciudadano.

¿Cómo hemos llegado aquí?

Lo confieso: yo pertenezco a la generación que creó este sistema, y me considero en parte responsable de él. No voy a echarle la culpa a nadie. No he tenido responsabilidades políticas, pero con mi voto y mi asentimiento he ayudado a crear el Estado de las Autonomías.

Me parecía, como a otros muchos, la mejor manera de solventar muchos de los problemas de los años de salida de la Dictadura. Dar respuesta a la evidente diversidad del país, contentar las ansias autonómicas de diversos territorios, evitar privilegios para una parte de los ciudadanos, eliminar las viejas élites gobernantes y los caciques enquistados. Nunca nadie se hizo muchas ilusiones de que fuera un sistema perfecto, y de hecho ya hace unos años comenté aquí una de las consecuencias más absurdas: la existencia de la Comunidad Autónoma de Madrid.

Pero lo que era un parche, que continuaba existiendo a falta de una alternativa mejor, se ha convertido en una carga inaguantable. No sirve para contentar a las nacionalidades con mayor voluntad de autogobierno, como estamos comprobando todos estos días en Cataluña. No acerca la Administración al ciudadano. Pone barreras artificiales a la utilización de los servicios públicos. Favorece a los poderosos que quieren presionar a administraciones más débiles. Multiplica el número de funcionarios, sin que mejore el servicio. Nos sale carísimo, en un momento de fuerte crisis económica.

¿Y cuál es la solución? Pues debo confesar que no lo sé. Se me ocurren muchas, como a cualquiera en la barra del bar o un foro de Internet, pero tampoco voy a ser tan orgulloso como para creer que las mías iban a funcionar mejor que ninguna otra.

Tengo claro que la secesión no es una solución. No lo ha sido ni siquiera para los casos que todo el mundo veía claro, como el de Sudán del Sur, sobre el que fui uno de los poquísimos en mostrar públicamente mi escepticismo antes de la espiral de violencia en que se ha sumido el país, e incluso he manifestado mi posición contraria, frente a casi todos en España y en la izquierda, a la independencia del Sáhara Occidental. Al fin y al cabo este proceso lo único que va a servir es para incrementar el nacionalismo español, en su versión castellano-madrileña, de la misma forma que el referéndum escocés ha reforzado el nacionalismo inglés, y para reforzar a las mismas élites corruptas en ambos lados de la batalla.

Tampoco me parece que el incremento del centralismo, en su versión más clásica, “todo se decide en Madrid”, fuera a mejorar la mayoría de los problemas. No va a ser sacando banderas cada vez más grandes como se van a solucionar los problemas sociales y de funcionamiento de la Administración.

Pero sí tengo claro que lo primero necesario es claridad y coordinación. Normas y procedimientos sencillos, con responsables bien definidos, con órganos de colaboración. Que esté clara la competencia en cada nivel. Si  una competencia es del Estado Español, sobran embajadas autonómicas (y no me refiero sólo a las catalanas). Si es autonómica, sobra el Ministerio correspondiente. Basta una Secretaría de Estado, que deje claro que no compite con las Consejerías, pero que pudiera ayudar a coordinar los procedimientos comunes. Con oficinas únicas que dirijan los procedimientos adonde correspondan, sin que el ciudadano deba volverse loco intentando adivinar la instancia pertinente (en una visita reciente a una capital me encontré las sedes de la subdelegación del gobierno central, la delegación del gobierno autonómico, la diputación provincial y el ayuntamiento en un radio de unos 500 metros; el responsable de una de ellas me comentó que se pasan el tiempo reuniéndose para ver a quién corresponde cada competencia, y eso lo puedo entender porque ocurre en cualquier organización compleja, pero es inadmisible que esa situación la sufra el ciudadano que paga el sueldo de todos ellos)

Bueno para los ricos

He dejado para el final el efecto más perverso de este proceso de competición y descoordinación: que beneficia a los poderosos. Estos días lo hemos comprobado, a pesar de que la prensa (con su creciente servilismo ante los potentados) apenas ha hablado de ello: los impuestos por la herencia de Emilio Botín van a ser ridículos, entre otras razones por la pelea a la baja que desde hace unos años se ha entablado entre las Comunidades Autónomas para atraer los impuestos de los ricos, o para regalarles exenciones. Como consecuencia, en la práctica casi han desaparecido los impuestos de Sucesiones y de Patrimonio, al menos para las grandes fortunas. Si se suman los esfuerzos de las Comunidades Forales para reducir los impuestos sobre los beneficios empresariales, la conclusión es que el sistema autonómico es una de las fuerzas principales para que los presupuestos públicos se basen en la actualidad casi exclusivamente en el trabajo y el consumo personales.de la wikipedia: doble irlandés con sandwich holandés

Aprovecho este ejemplo para dejar claro que mi queja no se queda en el nivel estatal. Exactamente el mismo problema de competición y falta de coordinación es aplicable a la Unión Europea. La libertad de comercio es absoluta, pero los impuestos se pagan donde uno quiere, es decir, no se pagan. Parece mentira, pero existe un procedimiento llamado “doble irlandés con sándwich holandés”, que incluso dispone de un artículo en alguna wikipedia (no en la española, aquí nadie parece ser consciente de él), por el que las compañías se quedan con miles de millones de beneficios sin pagar ni un céntimo en impuestos.

También a nivel supranacional, la existencia de barreras para la acción de los Estados y los ciudadanos, pero no para las grandes empresas, empieza a hacerse inaguantable. Las estratagemas para evitar regulaciones y para no pagar impuestos se están revelando cada vez con mayor descaro. Ya no sólo son las corporaciones de comercio electrónico: hasta quien trabaja con tiendas físicas se las arregla para deslocalizar su sede para pagar menos impuestos. Y que sigan existiendo paraísos fiscales, años después de los teóricos compromisos para acabar con ellos, demuestra que los poderosos siempre se salen con la suya. Al final, los políticos y economistas, obsesionados con las grandes magnitudes nacionales, no son capaces de salir de esa dinámica (o directamente no lo desean).

Yo estoy en contra de las fronteras, por eso aprendí esperanto y formo parte de organizaciones anacionalistas (no internacionalistas, voy incluso más allá). Espero que desaparezcan las barreras dentro de la Unión Europea, y confío en que esto sea sólo un paso para que vayan difuminándose las fronteras también en otras regiones. Que hayamos creado más fronteras dentro de las que había, me parece ahora un error.

Y también lo han comprobado en su primer contacto con la Administración los jóvenes que van a gobernar la sociedad de pasado-mañana. Ya sospechaban que el Sistema político actual no funciona en general. Ahora han comprobado de forma práctica que la organización territorial es otro de los aspectos que hay que cambiar. No sólo desde el nacionalismo.

2014/06/08

2014/03/09

Otra forma de ver Fukushima

Filed under: en castellano — Etiquetas: , , , — Tonyo @ 18:01

Están a punto de cumplirse los tres años del terrible terremoto y tsunami que asolaron las costas de Japón, causando más de 15000 muertos y la devastación de una amplia zona en la costa oriental de Japón, sobre todo alrededor de la ciudad de Sendái. Una enorme tragedia, que fue recogida en todos los medios de comunicación del mundo, de la que se ha seguido hablando desde entonces y que la prensa va a recordar de nuevo durante estos días.

Pero voy a hacer una predicción y por eso escribo este texto dos días antes: en los reportajes que se publicarán el día 11 y alrededores se va a dedicar más del 50% de su espacio a una consecuencia concreta: el daño sufrido por los reactores nucleares de la Central de Fukushima-Daiichi. Es más, me atrevo a apostar que la palabra Fukushima aparecerá en la prensa 50 veces más que Sendái u otras ciudades que sufrieron mucho más por el terremoto.

Es una apuesta segura: es lo que lleva ocurriendo desde entonces; si no desde el principio, al menos desde que pasaron unos meses. Cualquier búsqueda actual en la web, tanto en los medios tradicionales como en las redes sociales o los foros de Internet, lleva a esa conclusión: de Fukushima se habla todas las semanas, del tsunami sólo causa coadyuvante a la tragedia nuclear.

Quizás a muchos les parezca lógico. A mí no.

No me parece mal que se hable del accidente nuclear, por supuesto, pero me parece fuera de cualquier criterio racional que se recuerde mucho más un problema que, sin minimizar su gravedad, no ha causado ni una sola muerte de forma directa, mientras que parece que todo el mundo ha olvidado las trágicas circunstancias del fenómeno original y se ignore el resto de las consecuencias que el tsunami ocasionó.

Es más, la mayoría de esas informaciones suelen adolecer de un carácter muy poco riguroso, y en ellas se mezclan las denuncias sobre errores reales con especulaciones poco sólidas y con estimaciones incorrectas sobre el propio carácter del riesgo nuclear. Y lo que es peor: parece que los entendidos en este campo han decidido callarse, y han renunciado a plantear un enfoque crítico o al menos objetivo de las informaciones. Es curioso, porque no es eso lo que ocurrió al comienzo de la crisis: aparecieron reportajes muy rigurosos sobre los problemas de la Central, y un tratamiento equilibrado en relación con el resto de las consecuencias. Algunos desmintieron las noticias más alarmistas, pero ahora es muy difícil encontrar este otro punto de vista, hasta el extremo de que incluso los que opinan y son honestos empiezan diciendo que no son expertos en la materia.

Así que lo voy a hacer yo. He pensado que a algún lector le puede resultar interesante conocer el punto de vista de alguien que conoce el mundo nuclear, ha trabajado en él, está acostumbrado a valorar los riesgos de otra manera, y es capaz de detectar las informaciones erróneas o sensacionalistas que a veces aparecen allí. A la vez, hace tiempo que dejé ese mundillo, y no tengo intereses directos (bueno, eso no es 100% cierto, pero lo voy a explicar más adelante), y tampoco me considero pro-nuclear (y también eso lo explicaré después), por lo que espero que, incluso aunque se me lea de forma crítica, no se desprecie mi opinión desde un comienzo, presuponiendo que pertenezco a un lobby pronuclear, como tan a menudo se zanjan las discusiones en determinados foros.

Debo decir que gran parte de lo que voy a decir aquí ya lo escribí al poco tiempo del inicio de la catástrofe. Sólo que había tantos especialistas que lo hicieron mejor que yo, que, como digo, ya no estoy tan al tanto de la ciencia y tecnología en el campo, que no me pareció necesario escribirlo en castellano. Lo hice en esperanto, porque en la comunidad de hablantes de ese idioma no es tan habitual encontrar especialistas en el tema, y me pareció que podía aportar algo. portada revista Kontakto sobre energía nuclearLo puedes leer en este enlace y de hecho tuvo cierto éxito, hasta el punto que el artículo también fue reproducido en otros medios, incluyendo “Kontakto”, la revista de la Asociación Mundial de Jóvenes Esperantistas. Como tres años después muchos hispanohablantes habrán olvidado esos artículos mejores que el mío, voy a presentar esa opinión ahora. Al repasarlo me he dado cuenta de que la mayor parte de lo que entonces contaba sigue siendo válido, así que en gran parte se trata de una traducción fiel de ese original.

Temor y otros sentimientos

Mi artículo en esperanto se titulaba justamente así “Temor y otros sentimientos”, y empezaba aclarando, como lo reitero ahora, que el temor a las consecuencias del accidente nuclear es un sentimiento perfectamente comprensible y legítimo. Cada uno valora su propia escala de riesgos, y nadie puede reprochar nada al respecto. Es más, soy consciente de que cuando intento poner el riesgo en contexto puedo parecer insensible. Pero es todo lo contrario: creo que puedo ayudar a muchos, porque definir los riesgos en su justa medida puede ayudar a disminuir la angustia que muchas personas están sufriendo y que, estoy convencido, es mucho más peligrosa que la misma radiación.

Hay que empezar por decir algo evidente: la energía nuclear es peligrosa. Si alguien os dijo lo contrario, es porque mintió o simplificó. Es por eso que existen departamentos de protección radiológica y seguridad nuclear en todas las instalaciones que usan esa fuente de energía. Por eso existen sistemas sucesivos para detener la transmisión de calor y contener el material radiactivo. No existe el riesgo nulo: eso lo saben y aceptan  todas las personas en cuanto comienzan a trabajar en una central nuclear. Simplemente, se deben pesar las ventajas y los riesgos, minimizar éstos últimos todo lo posible y comparar con otras alternativas similares para decidir qué riesgos son aceptables y cuáles no deben admitirse.

El punto de vista de una persona externa casi nunca es ése. La radiación es una tecnología nueva, que no parece natural (aunque en realidad eso no es así), que se emplea en instalaciones complejas y algo apartadas, fuera de la vista de la población. Además, es invisible y no se puede detectar por los sentidos, y para conocer su presencia y magnitud hay que depender de instancias oficiales o grandes empresas. Y para rematar, la primera vez que el gran público supo sobre ella fue como consecuencia de una hecatombe militar. Se juntan todos los ingredientes para que nazcan el temor y la desconfianza.

Así que comprendo perfectamente la reacción de muchas personas en relación con los eventos de Japón. Si además se pueden incluir elementos dramáticos, como la existencia de “malos” (TEPCO) y “buenos” (los héroes que mitigaron la catástrofe), no es de extrañar que la atención mediática se haya concentrado en este concreto incidente.

Lo que me molesta es el completo olvido de otros integrantes de la tragedia. ¿Por qué no aparecerán reportajes sobre la contaminación química, sobre las culpas en la construcción de barreras, sobre los abandonos de desplazados por la destrucción del tsunami? La primera foto que aparece en el artículo de la Wikipedia inglesa sobre el tsunami es el negro penacho por el incendio de una refinería ¿Por qué nadie plantea la prohibición del petróleo?

Un fenómeno más normal de lo que se supone

La explicación, como ya he comentado, es clara: una central nuclear aparece ante la mayoría como un riesgo completamente especial, mientras que para mí, y para todos los que trabajan en el sector, se trata en efecto de un riesgo, pero totalmente comparable a otros que no son considerados de la misma manera. vestido de nuclearUn ejemplo trivial: cada vez que aparecían noticias en los primeros momentos, los periódicos y televisiones solían mostrar a personas vestidas de blanco, midiendo radiactividad, y he comprobado que esas imágenes llaman la atención y crean inquietud. Sin embargo, para mí se trata de una imagen normal, neutra. Yo mismo me vestía así cuando trabajaba en esas instalaciones, y para mí era como vestir un mono de trabajo o ponerme una corbata. En la foto de al lado se me puede ver hace más de veinte años, y recuerdo haber enseñado la foto a la familia casi con orgullo, no con miedo ni vergüenza.

También en relación con las medidas de radiación el punto de vista de los profesionales es diferente. La radiación no puede verse, pero es muy fácil de detectar, por medio de equipos técnicos, pero no demasiado complicados. Es más, se trata de la manera más sensible que existe para detectar un material, y diversas variantes de ese proceso se emplean en numerosas técnicas para identificar trazas de materiales, tanto en la industria como la investigación o la medicina.

Por otra parte, hay que recordar que la naturaleza es radiactiva, y siempre lo ha sido. Todo lo que nos rodea, el aire, el agua, la tierra poseen cantidades notables de radiactividad. El uranio es mucho más abundante que el oro, por poner un ejemplo. Incluso nosotros mismos contenemos cantidades apreciables de radionúclidos (los radioisótopos carbono-14 y potasio-40, entre otros), y siempre los hemos tenido, incluso antes de que se descubriera la radiactividad y fuéramos capaces de detectarlo. Las cavernas y las casas de piedra donde vivían  nuestros antepasados estaban bañadas en radón.

Así que, cuando medimos la radiactividad en el ambiente, somos capaces de detectar incluso las cantidades más insignificantes, y el problema a menudo es establecer si se trata de un aumento real sobre la variabilidad natural en el ambiente. Incluso cuando la respuesta es positiva, casi siempre se trata de cantidades no significativas, es decir, que pueden estar dentro de los niveles de variación de unos lugares a otros (por ejemplo, inferior a la diferencia entre el noroeste de la región de Madrid, muy rica en granito y por tanto en radón, y el sureste de la misma región), y que no tienen ningún impacto real en la salud de los ciudadanos. Es por esa razón por la que tan a menudo se dan esos malentendidos en los reportajes sobre la presencia de radiactividad en un emplazamiento: es posible leer un titular periodístico “¡detectada radiactividad!” y un informe oficial “¡no existe riesgo de radiación!”, y ambos pueden ser igualmente verdaderos. No es de extrañar por tanto que los no especialistas experimenten una confusión total, piensen que se les engaña o que hay una conspiración de silencio. Es verdad que las autoridades y las empresas no difunden información, a veces por mala voluntad, pero más a menudo porque no consideran necesario llamar la atención sobre algo que consideran que no tiene la suficiente importancia.

Otro ejemplo: la famosa escala internacional de incidentes nucleares se creó para proporcionar cierta perspectiva sobre la importancia de éstos. Y sin embargo, he llegado a ver en portada de los periódicos informaciones sobre incidentes por debajo del nivel 1, que, por definición, significan que no tienen ninguna importancia (salvo como aviso para los profesionales)

Igualmente, recuerdo que cuando el accidente de Chernóbil se montó una gran polémica en relación con la llegada de radiactividad a la Península Ibérica, y se acusó al gobierno de ocultar los datos. La realidad es que los niveles eran tan reducidos que no era de extrañar que las autoridades dijeran que no había llegado radiactividad. Ni unos ni otros mentían.

Dilema político

En definitiva, ¿cómo abordamos las personas como yo el debate sobre la energía nuclear? Muy sencillo: como todos los fenómenos que contienen ventajas y riesgos, y comparando con las alternativas existentes. Dado que no se trata de un fenómeno especial, considerémoslo como se hace con cualquier otra forma de tecnología.

Un ejemplo sencillo para que se entienda es examinar un uso concreto de esta tecnología en un contexto no energético: la utilización de la radiación para detectar el cáncer, por ejemplo el de mama. El dilema para los especialistas es muy simple: a partir de qué edad se deben montar campañas para detectar el cáncer por medio de mamografías, que involucran el uso de una radiación ionizante, los rayos X, y que por tanto pueden causar cierta cantidad de cánceres ellas mismas. Pues bien: cuando los beneficios excedan los riesgos, teniendo en cuenta  las incertidumbres existentes y el resto de consideraciones sociales. Lo mismo ocurre cuando se usa la radiación para curar el cáncer, por medio de la Radioterapia; se estudian los riesgos y las alternativas (cirugía, quimioterapia, etc.); solamente los pirados se oponen a la radiación sólo porque el cáncer es natural y el cobalto-60 no.

El uso de la energía nuclear para producir electricidad debería seguir el mismo proceso, aunque en este caso reconozco que hay muchos más elementos en la ecuación. Se trata de medir las ventajas y los inconvenientes, incluyendo los riesgos respectivos de cada una de las fuentes de energía. Y aquí quiero subrayar algo evidente: la energía nuclear efectivamente presenta riesgos y desventajas. Si alguien dice que se trata de una decisión técnica, que hay que dejar a los expertos, no le hagáis caso. Pero tampoco es el diablo, como a menudo se lee, al que hay que condenar desde un principio.

La decisión es política, en el sentido más noble de la palabra, no en el sentido de politiquería y partidismo que esa palabra ha llegado a significar para muchos. Es política en el sentido de que se trata de una elección entre las diversas preferencias que las personas muestran en su interacción social. Unas personas no desean experimentar riesgos, y prefieren una vida más tranquila, aunque para ello fuera menos rica. Otros valoran la seguridad en la obtención de electricidad, sin depender de otros factores. Unos quieren pagar lo mínimo posible, a otros no les importa pagar más si con ello reciben otras compensaciones. Unos temen a las instalaciones complejas y las grandes corporaciones, otros se sienten más protegidas por una organización sofisticada. A unos no les gusta depender de una tecnología dominada por las superpotencias, otros prefieren no depender de materias extraídas de países de los que no se fían. Para mí el problema de los residuos es muy importante, a otros les preocupa menos.

Es decir, no quiero hacer un alegato pronuclear. Yo mismo no tengo una opinión muy clara, y en un hipotético referéndum mi voto dependería de muchos factores, entre los cuales algunos personales.

Lo que quiero es insistir sobre la necesidad de que se definan las alternativas. El debate no es tan simple como suele presentarse, y desde luego lo enmaraña del todo la división derecha=pronuclear / izquierda=antinuclear, que en España es especialmente aguda y que desde mi punto de vista no tiene ningún sentido. Aquí los debates se parecen al fútbol: primero veo lo que piensan los míos y así me evito el trabajo de pensar. En cambio, en muchos otros lugares hay conservadores que se oponen a la energía nuclear (por algo son conservadores) y progresistas que la apoyan (porque la consideran progreso). Incluso hay ecologistas que prefieren esta alternativa cuando la comparan con las alternativas, y en ese sentido recomiendo el debate que en los últimos tiempos ha lanzado el británico George Monbiot.

También comprendo que al pesar las alternativas, el miedo es un factor muy importante, y como dice el refrán, es libre. Pero también es un mal consejero. Por desgracia, la gestión del riesgo en esta sociedad contemporánea – en la que se tratan los asuntos de forma superficial, sin atención al contexto, y en la que los políticos tienen terror a cometer el error más nimio – es casi imposible. Pero eso da para otro artículo en algún otro momento…

El caso de Fukushima

Creo que ahora se entiende mejor cómo abordo yo las noticias sobre Fukushima. Me parece una tragedia, por supuesto. Pero es que todo el terremoto me parece una tragedia, y me temo que nos hemos olvidado de ella.

Pero no es una tragedia terrorífica, que deba estar todos los días en las portadas de los agregadores de noticias. No ha causado ningún fallecimiento directo. Es posible que cause alguno de forma indirecta debido a la radiación, pero no creo que sean muchos – aunque no puedo asegurarlo, y a riesgo de equivocarme sobre un tema en que he dejado de ser especialista, como mucho habrá algún incremento en el cáncer de tiroides, una enfermedad bastante fácil de tratar. Insisto: no es que me parezca despreciable, es que seguro que se producen cánceres por los destrozos en las refinerías y las  plantas químicas afectadas por el tsunami, y nadie los está contabilizando. Los residentes en la zona tienen derecho a que se les controle, y me parece bien que lo exijan, pero al mismo nivel que los afectados en Tohoku.

Sin embargo, el principal daño que van a sufrir los habitantes van a ser de tipo psicológico, y en esto quiero insistir. En algunos medios de comunicación se recogieron declaraciones del responsable de la Comisión de Estudio oficial, que hablaban de más de mil muertos como consecuencia del accidente nuclear. Pues bien, independientemente de que no tengo muy claro el rigor del dato, el propio responsable afirmó que se trataba de muertes por motivos psicológicos y sociales, no por la radiación. Y aquí hay una tremenda paradoja: lo que mata no es la radiación, es la alarma generada. Es decir, ¡el propio hecho de que el accidente esté siendo portada todos los días contribuye a sus consecuencias!

Se ha hablado incluso de los divorcios de Fukushima: hombres que prefieren seguir viviendo en zonas cercanas, pero no inmediatas, a la Central, mientras que las mujeres se han desplazado a lugares más lejanos. Un ejemplo típico de diferencia en percepción del riesgo, incluido el influjo del género, en el que otro día entraré.

Cualquier estudio científico serio llega a la misma conclusión: es la radiofobia, no la radiación, quien está afectando a la salud de los evacuados.

En cuanto a los efectos sobre otros países, puede decirse algo más contundente: el efecto será cero. En Menéame y en los comentarios de los foros aparecen a menudo enlaces a artículos en algunas webs que se han especializado en alarmar sobre los efectos en Estados Unidos o en otros lugares. Cualquiera que conozca algo sobre radiación sabe que se trata en un 99,99% de las ocasiones de auténticas bobadas. En algunos casos por conspiranoia, en otros por intereses, es raro que tengan algún sentido. En cuanto al océano, puede haber efectos ecológicos locales, seguramente, y espero que el gobierno japonés pueda contener los vertidos, pero no va a producir ningún síndrome de China ni nada parecido. Y sin embargo es curioso que las noticias sobre contaminación convencional pasen casi inadvertidas, al menos en español.

Es más, el accidente nuclear va a tener un efecto medioambiental tremendo; ha provocado un aumento notable de la emisión de gases de efecto invernadero. La paralización de las centrales nucleares en Japón, que muchos consideran positiva, aparte de contribuir a cierto ahorro energético del país, de lo cual me alegro aunque me temo que va a tener un efecto muy temporal, ha necesitado de la puesta en servicio de instalaciones de carbón y petróleo. Un desastre sin paliativos.

Una nota personal

Si has llegado hasta aquí, espero que ahora comprendas el punto de vista con el que yo, y muchos otros que trabajan o han trabajado con radiaciones, vemos los acontecimientos y las consecuencias de Fukushima.

Cuando ocurrieron los hechos seguí con detalle los acontecimientos en Japón, entre otras razones porque gracias a mi actividad en el mundillo del esperanto tengo unos cuantos amigos en aquel país, alguno de los cuales informó de forma continua sobre los acontecimientos. No es que no me preocupara Fukushima, es que no focalizaba la atención en un solo apartado del conjunto.

Pero además seguía con atención lo que pasaba en Fukushima por una razón personal, que anuncié al principio y comento ahora: pensaba en parte de mi familia. Como he dicho antes, yo ya no trabajo en el sector desde hace mucho, pero uno de mis hermanos sí (y otro mantuvo alguna relación). Es decir, claro que entiendo la posición angustiosa que pasaron los trabajadores y los vecinos de la central. Podía imaginármela desde un punto de vista incluso personal.

Toda mi familia y mi entorno de origen tiene una trayectoria ligada con el riesgo: venimos de una zona de mineros del carbón, y para mi medio social el peligro ha sido siempre algo cotidiano, algo que se intentaba minimizar, pero que no constituía una barrera infranqueable, sino algo que se consideraba como parte de la ecuación de la vida. Cuando mis hermanos empezaron a trabajar en la mina, a nadie nos resultó agradable, pero aceptamos el riesgo como un elemento más de la elección vital. Cuando la mina cerró y pasaron a trabajar en las nucleares, la transición fue equivalente, con la percepción incluso de que el riesgo era ahora mucho menos importante.

Es más, yo mismo en su tiempo, y mi hermano ahora, hubiéramos trabajado en una función equivalente a la de los famosos “héroes de Fukushima” si la tragedia hubiera sucedido aquí. héroes de FukushimaEs decir, sé de lo que va el riesgo y lo viví como propio. Por eso valoro su determinación y su valentía, pero a la vez me extrañó en parte la reacción de gran parte del público cuando llegaron las noticias, y cuando se les premió con el Príncipe de Asturias (un premio, por cierto, que hace tiempo dije que deberíamos eliminar cuanto antes). Los héroes fueron tales porque juzgaron los riesgos de forma realista y porque cumplieron con su deber.

Algunos medios hablaron de la cultura japonesa, y del código de honor de los samuráis. Gilipolleces. No dudo que los profesionales de la protección radiológica en las centrales nucleares españolas habrían actuado de la misma manera. De la misma manera que los mineros hispanos no dudan en arriesgar su vida cuando sus colegas están atrapados por un derrumbe o los bomberos entran en una casa en llamas, esos profesionales hacen lo que consideran su deber.

Fueron unos héroes, sin duda. Pero es un signo de los tiempos el que hacer su trabajo se considera una heroicidad. Quizás porque en la sociedad de consumo se ha olvidado que el trabajo es una de las principales fuentes de dignidad. Creo que todos debemos estar orgullosos de ellos. Y aceptar que los riesgos se afrontan, no se evaden.

Si deseamos acabar con la energía nuclear, que sea porque hemos valorado los riesgos y tenemos alternativas mejores. No porque nos hayan asustado con exageraciones y algunas mentiras.

2014/02/05

2014/01/26

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